Diez años después de su estreno, Ixcanul sigue ardiendo en la memoria cultural de Guatemala. Lo que comenzó como la ópera prima de Jayro Bustamante terminó convirtiéndose en un punto de inflexión para el cine centroamericano: una película filmada en kaqchikel, protagonizada por actores no profesionales y construida desde una mirada profundamente humana.
Estrenada en 2015 y reconocida en Berlín con el Oso de Plata Alfred Bauer, Ixcanul abrió un corredor inesperado entre comunidades rurales y escenarios internacionales. Mostró una Guatemala íntima, compleja y contundente, y lo hizo con un realismo que obligó al mundo a mirar hacia acá con nuevos ojos. Su eco se volvió imparable: más de cien premios, decenas de festivales y un lugar permanente en la discusión global sobre cine indígena contemporáneo.

“Ixcanul fue un puente entre mundos y una oportunidad para demostrar que nuestras historias también tienen un lugar en el mapa cinematográfico”, recuerda Bustamante, fundador de La Casa de Producción.
El impacto no quedó en la pantalla. El trabajo con talento local abrió puertas para intérpretes emergentes y fortaleció una apuesta por la autenticidad cultural que hoy define a La Casa de Producción. Y en 2018, el impulso social derivó en la creación de Fundación Ixcanul, una organización que lleva cine, formación audiovisual y participación comunitaria a territorios históricamente excluidos.

Una década después, la película sigue encendida. Más que un logro cinematográfico, Ixcanul es un recordatorio: cuando una historia se filma con respeto y verdad, puede reconfigurar la forma en que un país se narra a sí mismo y cómo el mundo lo escucha. Esa llama, al parecer, no tiene intención de apagarse.