¿Qué es la “Teoría del loco” que utiliza Trump y por qué vuelve a marcar la política global?

La imprevisibilidad se ha convertido nuevamente en una herramienta central del poder estadounidense. Desde su regreso a la Casa Blanca en 2025, Donald Trump ha retomado un estilo de gobierno que desconcierta tanto a aliados como a adversarios: amenazas ambiguas, cambios bruscos de postura y decisiones que parecen improvisadas. Detrás de ese aparente caos, analistas identifican una estrategia conocida como la “Teoría del loco”, una doctrina política con raíces profundas en la Guerra Fría.

La llamada madman theory parte de una premisa simple pero inquietante: si un líder logra convencer a sus rivales de que es capaz de actuar de forma irracional o extrema, estos estarán más dispuestos a ceder para evitar un escenario catastrófico. No se trata de una locura real, sino de una irracionalidad calculada, diseñada para generar miedo, confusión y desventaja estratégica en el oponente.

El propio Trump ha alimentado esta percepción con declaraciones deliberadamente vagas. En junio de 2025, al ser consultado sobre un posible ataque a Irán, respondió: “Puede que lo haga, puede que no… nadie sabe lo que voy a hacer”. Días después, ordenó un bombardeo selectivo. Para expertos en política exterior, este tipo de ambigüedad no es improvisación, sino un mensaje: no hay líneas claras, ni reglas predecibles.

Esta lógica no es nueva. El economista y Nobel de Economía Thomas Schelling, en su obra La estrategia del conflicto, ya planteaba que en ciertos escenarios la falta de previsibilidad puede ser una ventaja. Años antes, Daniel Ellsberg —conocido por filtrar los Papeles del Pentágono— describió cómo líderes como Adolf Hitler explotaban su fama de impredecibles para intimidar a sus adversarios y forzar concesiones sin necesidad de llegar al conflicto abierto.

Trump ha aplicado esta estrategia en varios frentes. En el ámbito militar, cuestionó públicamente el compromiso de Estados Unidos con la OTAN, insinuando que no defendería a países que “no pagaran lo suficiente”. El resultado fue tangible: en la cumbre de La Haya de 2026, la mayoría de los países europeos se comprometieron a elevar su gasto en defensa hasta el 5 % del PIB para 2035, un nivel impensable pocos años atrás.

En comercio internacional, la táctica ha sido similar. Amenazas de aranceles masivos contra China, Canadá y México —incluido un posible impuesto del 25 % al sector automotriz mexicano— generaron semanas de incertidumbre que forzaron negociaciones aceleradas. La Casa Blanca incluso ha reconocido el uso de lo que denomina “ambigüedad estratégica deliberada” como instrumento de presión.

La guerra entre Rusia y Ucrania ha sido otro escenario de esta lógica errática. Trump pasó de confrontar públicamente a Volodímir Zelenski a endurecer su discurso contra Vladimir Putin, amenazando con sanciones y aranceles si Moscú no avanzaba hacia un alto al fuego. Aunque Rusia no ha cedido de forma inmediata, la estrategia ha alterado el tablero diplomático y económico del conflicto.

Sin embargo, la Teoría del loco tiene límites claros. Especialistas advierten que su eficacia depende de la credibilidad: si las amenazas no se cumplen de forma consistente, el miedo se diluye. Además, algunos efectos pueden ser contraproducentes. Tras el ataque estadounidense a instalaciones iraníes en 2025, analistas señalan que Teherán aceleró su programa nuclear en lugar de frenarlo.

El mayor costo, advierten expertos europeos y estadounidenses, podría ser el desgaste de las alianzas tradicionales. La desconfianza generada por un liderazgo impredecible no solo afecta a los rivales, sino también a socios históricos que comienzan a diseñar estrategias de defensa y comercio con menor dependencia de Washington. Así, mientras la Teoría del loco sigue moldeando decisiones clave, el debate persiste: ¿es una herramienta eficaz de poder o una apuesta riesgosa que erosiona el liderazgo global de Estados Unidos a largo plazo?